> Una verdad silenciada

¿Qué es la diversidad? ¿Qué es ser diferentes? ¿Es malo salirse de la norma? ¿Quién decide cual es la norma? ¿Quién decide la identidad de los seres humanos? ¿Por qué se nos impone una identidad al nacer, sin ni siquiera consultarla con nosotros? Estos y otros interrogantes se me vienen a la mente cuando pienso en uno de los temas más invisibilizados por la sociedad actual: las personas transgénero, y más concretamente ese colectivo del que solo nos acordamos cuando nos interesa, las niñas y niños. Es un término tan silenciado que ni siquiera aparece en la RAE, eso que se considera “institución cultural” o “una obra lexicográfica de referencia”. Tan solo hay que buscar transgénero en la RAE y ver que te redirige a la acepción de transexual para darse cuenta de que quizá no es tan de referencia como creemos.
La infancia transgénero es el gran tabú social, a los adultos no les interesa hablar de ellos, solo hablan de los niños cuando les beneficia decir que luchan por sus derechos o que debemos protegerlos. Pero como decía Beatriz Preciado en enero de 2013, “¿Quién defiende los derechos del niño diferente? ¿Los derechos del niño al que le gusta vestirse de rosa? ¿De la niña que sueña con casarse con su mejor amiga? ¿Los derechos del niño homosexual, del niño transexual o transgénero? ¿Quién defiende los derechos del niño a cambiar de género si así lo desea? ¿Los derechos del niño a la libre autoderminación de género y sexual? ¿Quién defiende los derechos del niño a crecer en un mundo sin violencia de género y sexual?” Cuando una persona nace se le asigna un sexo y una identidad según sus genitales; y a partir de ese momento, en el que un médico te dice “es niña” o “es niño”, todo son vestidos rosas, muñecas y maquillaje o coches, balones de fútbol y zapatillas. Creemos que les estamos protegiendo y que siendo tan pequeños aun no tienen capacidad de decidir, pero la verdad es que como han revelado estudios de la Asociación Mundial de Profesionales para la Salud Transgénero, a la edad de 2 o 3 años las personas ya son capaces de identificar su género. Y muchas veces ocurre que este no coincide con el género y la identidad que la sociedad y la cultura le atribuye según su sexo.
Los problemas de las personas transgénero a la hora de luchar por sus derechos y su reconocimiento se ve agravado cuando estas personas son menores de edad, ya que aparecen los conflictos familiares. El papel de los padres en este punto es primordial, cuando los y las niñas transgénero son aceptados por sus familiares tienen más probabilidades de convertirse en adultos felices y productivos; sin embargo, si son rechazados, forzados a encajar en la norma aumentan las probabilidades de sumirse en la depresión, las drogas e incluso en el suicidio. Por no hablar de la discriminación que reciben en el colegio, en la calle o por parte de las instituciones.
Es hora de que los adultos dejemos de llenarnos la boca hablando de los derechos de los y las niñas y empecemos a luchar por ellos de verdad, teniéndoles en cuenta como seres con potestad para decidir y ser tenidos en cuenta. Normalmente cuando una niña o un niño dice que quiere ser reconocida o reconocido con una orientación sexual diferente a la que se le asignó en su nacimiento, la sociedad se incomoda y le niega esa posibilidad. Esta invisibilización se hace bajo el pretexto de que se les está protegiendo o ayudando, cuando en verdad se están tomando decisiones sobre su cuerpo en su nombre y se está contribuyendo a la supervivencia de un sistema patriarcal y adultocéntrico.
El hogar y la escuela son las herramientas más importantes que poseemos para destruir las construcciones sociales de género. Hay que enseñar a ser quien se quiera ser, no quien quieren que seamos. Por tanto, solo educando en la diversidad y en la diferencia se podrá llegar a conseguir una sociedad tolerante, inclusiva y libre de construcciones sociales impuestas.

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